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Barcelona

 

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retratos barceloneses { Keyword }

24

04

2008

La Violeta

violeta.bmpDos puertas batientes se abren con ligereza en La Violeta, un espacioso bar frecuentado por los vecinos del barrio. Una tonalidad sucia se extiende desde el suelo hasta el techo, recubriendo a su paso las mesas de plástico y las finas columnas con capiteles que dan ritmo al espacio. Solamente el extintor y la publicidad “Estrella” alegran con notas rojas esta amplia sala tristemente iluminada con neones.

Desde hace dos semanas, asisto a la representación diaria de un espectáculo rodado. Día tras día, con la precisión de un reloj suizo, los clientes vuelven a interpretar su papel en esta escena banal.

Con paso decidido, el motero de azul marino abre el baile a las seis menos cuarto. Se dirige todo recto hacia su taburete a un extremo de la barra. Sin tener que pedir nada, ya tiene una botellita marrón debajo de su nariz. Un hombre que leía el periódico en la otra punta de la barra, y que parecía estar esperando la señal de salida, se retira en silencio.

La Violeta cobra vida. A las seis y media, el selecto grupo de empleados de correos viene a ocupar la mesa redonda. Con un trapo en la mano, el jefe de carácter alegre toma parte en la animada charla. El bar se llena poco a poco de jóvenes melenudos que tiran sin cuidado la chaqueta y que lían su cigarrillo con aire indiferente.

Por su parte, el escritor barrigudo se extralimita. No es ni funcionario, ni trabajador y puede hacer su entrada a cualquier hora. Deja sus pesados libros y emerge de una nube de humo para pedir un café solo. Después, durante horas, acariciando su barba con su mano fofa, se escucha a si mismo.

En este decorado también hay un montón de espaldas, de siluetas cuyos rostros nunca veré porque yo también tengo mi plaza asignada. De vez en cuando, el jefe echa una ojeada a mis dibujos. Me cruzo con su mujer en el mercado. Y cuando entro en La Violeta sé que antes de la seis el motero de azul marino cruzará el umbral con paso decidido.

Texto de Géraldine Garçon, artista francesa residente en Barcelona que hace creaciones artísticas acerca de la vida cotidiana de las ciudades donde vive.

Traducción de Núria Baró

05

04

2008

La escalera desconchada

escalier.bmpUn hermoso edificio situado en una esquina se levanta en el corazón del barrio de Gracia. Para poder entrar en él, es necesario bajar la cabeza y tomar una entrada curiosamente pequeña situada en una puerta cochera de madera maciza. Los pasos resuenan en ese gran vestíbulo desnudo donde los ruidos, al igual que en una iglesia, son de otra naturaleza. El aspecto imponente del espacio contrasta con su estado ruinoso. Los escalones de piedra están cubiertos de cartones y la luz pálida no se atreve a subir.

En este piso, los muros leprosos se desconchan en trozos enteros, esparciendo su corteza enferma por el suelo. Estos fragmentos de color que llevan la huella del tiempo, llenos de fisuras trazadas con delicadeza, crean unos cuadros abstractos de matices sutiles. En el suelo estrellado, una baldosa picada se balancea y se sume en un crujido. La madera gastada a causa de los pasos deja al descubierto sus venas profundas.

Por las ventanas decoradas de vidrieras, los cristales rotos dejan entrar la humedad y la luz que vienen del exterior.

Texto de Géraldine Garçon, artista francesa residente en Barcelona que hace creaciones artísticas de la vida cotidiana de las ciudades donde vive.

Este texto es el tercero de a una serie de retratos de la ciudad de Barcelona creados por europeos. ¿Te enamora Barcelona? Participa en la redacción del blog de Barcelona de cafebabel.com.

Traducción de Alèxia Vidal

26

03

2008

¿De dónde soy?

bcnalbada.jpgMe han preguntado muchas veces de dónde soy, si me siento francés o español. La respuesta casi siempre ha sido la misma: no soy ni una cosa ni la otra, a priori no tengo nada en contra (ni a favor) de los catalanes, los españoles, los franceses ni los chinos. Simplemente porque no los conozco a todos. Esto es lo que podríamos llamar una moral mínima.

De hecho, no soy ni de un país, ni de una región, ni tan solo de una ciudad; me gusta decir que soy de una calle, de una casa, de un cine, de un parque, de todos los lugares que he conocido y que han significado algo para mí. Por ejemplo, en verano soy más bien francés, provenzal más exactamente, (como muchos dicen achisparse o ponerse triste) puesto que es ahí donde he pasado la mayor parte de mis vacaciones escolares. Si como bien afirma Saint-Exupéry "soy de mi infancia como se es de un país", quizás soy en gran parte barcelonés, aunque haya vivido en otras ciudades que han sido importantes para mí.

Soy la suma de muchas cosas de Barcelona. De un instituto enorme y exigente, idílico y asfixiante como pueden serlo las grandes familias, pero sin duda destacable (para bien o para mal). No es por casualidad que los antiguos alumnos lo llamen El Cole como otros hablaban en su época del Partido o de la Patria. Colosal estructura tentacular que absorbió gran parte de nuestras vidas y cuyos ecos, para muchos, aún resuenan en nuestra memoria.

Luego, pronto descubrimos que esta ciudad, digan lo que digan (y aunque esto pueda molestar a los más susceptibles), no es ninguna referencia en materia de federalismo ni de descentralización. Hay un espacio difuso, cambiable, a menudo subjetivo, al que llamamos El Centro y que pronto se convierte en el lugar de todas las reuniones, encuentros, cenas y otras fiestas. A menudo, el referente es confuso y seguramente no hay nadie que pueda afirmar con seguridad cuál es su delimitación exacta. Así, El Centro integra la lista de grandes conceptos, como el Tiempo o el Amor, que no podemos definir pero que estamos seguros de saber qué son.

Es así como un lugar forma a una persona: con sus “vamos a tomar un café” que son cualquier cosa menos una invitación para ir a beber un café, sus primaveras cuando todo el mundo parece estar ya de vacaciones, sus San Juanes en los que más vale quedarse en casa, sus autobuses que nunca pasan … Así pues, soy la suma de la gente que he conocido y de los lugares que me han marcado. Muchos de los rincones de esta ciudad viven en mí y, a menudo, son míos. Nunca podría irme de este sitio, aunque me fuera muy lejos, pero mejor así. Tenemos que añadir, en vez de remplazar.

Un amigo mío se ha ido a dar la vuelta al mundo. Antes de despegar hacia China, fue a despedirse de su pequeño trozo mugriento de playa turística. No importa cómo es o dónde se encuentra este sitio, mi amigo es en parte de ahí. Pero también de muchos otros sitios que le faltan por descubrir…

Traducción de Núria Baró Picart

Este es el segundo retrato eurobarcelonés que la redacción de Barcelona propone a sus lectores. Su autor: Aurélien Le Genissel, un periodista francoespañol.

Créditos de la Foto: “Mor (bcnbits)”

07

01

2008

Las abuelitas

mem_re.bmp“Es la hora para toda abuelita que se respete, de vestirse con su uniforme de combate, ponerse sus zuecos de plástico y su delantal a rayas, empuñar la escoba y lanzarse al asalto de la acera. Las fregonas se ponen manos a la obra, los cubos se derraman en la cuneta. En cinco minutos la calle está limpia y mojada. Entonces, llega el momento de hacer la compra, de dejar su delantal y poner un poco de orden a sus cabellos para no perder, bajo ningún pretexto, la cita matinal.

De pie en el cruce, el ama de casa observa hacía todas las direcciones, a la espera de un acontecimiento, acechando el reencuentro fortuito que nunca se hace esperar demasiado. Una cotilla que vuelve del mercado se acerca a paso rápido, seguida por una vecina afable. Las dos ponen sus cestas de la compra en el suelo para pasar revista a las últimas noticias del barrio.

Grandes gestos y todo tipo de mímica acaban de dar cuerpo a sus charlas. Se preparan para irse cada cinco minutos, haciendo como si recogieran sus bolsas, marcando el impulso de la partida pero siempre se retienen por las mangas y se quedan todavía cinco, diez, quince minutos más. La mañana es siempre demasiado corta.

Entonces, ya en casa, las abuelitas sacan su silla a la calle y se instalan en el bajo de sol para hablar con toda tranquilidad de los cotilleos de la vigilia.”

Traducción de Núria Hernández

Texto de Géraldine Garçon, artista francesa residente en Barcelona que hace creaciones artísticas sobre la vida cotidiana de las ciudades donde vive.

Este texto es el primero de una serie de retratos de la ciudad de Barcelona creados por europeos. ¿Te enamora Barcelona? Participa en la redacción del blog de Barcelona de cafebabel.com