Dos puertas batientes se abren con ligereza en La Violeta, un espacioso bar frecuentado por los vecinos del barrio. Una tonalidad sucia se extiende desde el suelo hasta el techo, recubriendo a su paso las mesas de plástico y las finas columnas con capiteles que dan ritmo al espacio. Solamente el extintor y la publicidad “Estrella” alegran con notas rojas esta amplia sala tristemente iluminada con neones.
Desde hace dos semanas, asisto a la representación diaria de un espectáculo rodado. Día tras día, con la precisión de un reloj suizo, los clientes vuelven a interpretar su papel en esta escena banal.
Con paso decidido, el motero de azul marino abre el baile a las seis menos cuarto. Se dirige todo recto hacia su taburete a un extremo de la barra. Sin tener que pedir nada, ya tiene una botellita marrón debajo de su nariz. Un hombre que leía el periódico en la otra punta de la barra, y que parecía estar esperando la señal de salida, se retira en silencio.
La Violeta cobra vida. A las seis y media, el selecto grupo de empleados de correos viene a ocupar la mesa redonda. Con un trapo en la mano, el jefe de carácter alegre toma parte en la animada charla. El bar se llena poco a poco de jóvenes melenudos que tiran sin cuidado la chaqueta y que lían su cigarrillo con aire indiferente.
Por su parte, el escritor barrigudo se extralimita. No es ni funcionario, ni trabajador y puede hacer su entrada a cualquier hora. Deja sus pesados libros y emerge de una nube de humo para pedir un café solo. Después, durante horas, acariciando su barba con su mano fofa, se escucha a si mismo.
En este decorado también hay un montón de espaldas, de siluetas cuyos rostros nunca veré porque yo también tengo mi plaza asignada. De vez en cuando, el jefe echa una ojeada a mis dibujos. Me cruzo con su mujer en el mercado. Y cuando entro en La Violeta sé que antes de la seis el motero de azul marino cruzará el umbral con paso decidido.
Texto de Géraldine Garçon, artista francesa residente en Barcelona que hace creaciones artísticas acerca de la vida cotidiana de las ciudades donde vive.
Traducción de Núria Baró
Un hermoso edificio situado en una esquina se levanta en el corazón del barrio de Gracia. Para poder entrar en él, es necesario bajar la cabeza y tomar una entrada curiosamente pequeña situada en una puerta cochera de madera maciza. Los pasos resuenan en ese gran vestíbulo desnudo donde los ruidos, al igual que en una iglesia, son de otra naturaleza. El aspecto imponente del espacio contrasta con su estado ruinoso. Los escalones de piedra están cubiertos de cartones y la luz pálida no se atreve a subir.
Me han preguntado muchas veces de dónde soy, si me siento francés o español. La respuesta casi siempre ha sido la misma: no soy ni una cosa ni la otra, a priori no tengo nada en contra (ni a favor) de los catalanes, los españoles, los franceses ni los chinos. Simplemente porque no los conozco a todos. Esto es lo que podríamos llamar una moral mínima.
“Es la hora para toda abuelita que se respete, de vestirse con su uniforme de combate, ponerse sus zuecos de plástico y su delantal a rayas, empuñar la escoba y lanzarse al asalto de la acera. Las fregonas se ponen manos a la obra, los cubos se derraman en la cuneta. En cinco minutos la calle está limpia y mojada. Entonces, llega el momento de hacer la compra, de dejar su delantal y poner un poco de orden a sus cabellos para no perder, bajo ningún pretexto, la cita matinal.